El ayudante de campo

Septiembre 18, 2008

El joven Martín se encontraba sobre la parecita del arenero de la plaza de Devoto. Adentro, los hombres del Fowler corrían con sus buzos azul finlandia esquivando los juegos de los niños.

El joven Martín tenía una pelota bajo el brazo derecho. Supervisaba los movimientos, movía la cabeza siguiendolo a Scotti que gambeteaba el tobogán , después se detenía en los dos defensores recientemente llegados, Mercado y Prósperi, que hacían piquecitos cortos entre el sube y baja y los cosos esos que dije en el otro post, esos donde juegan los pendejos, que se cuelgan de ahí y las madres están dele cuidate y bajate despacio, que hay tres generalmente, uno grande, uno mediano y uno para borregos bien borregos.  Lo llamó a Pieters

- Fabio – le decía – alfojá un poquito ahora con el trote. Llevátelo a Torrico allá cerca del pino ese, ponete un buzo en el piso y andate del otro lado del arbusto ese de allá, ¿ves? y tirale , como si fuera un tiro  libre -
- Pero hace frío -
- ¿Yo dije tu buzo? sacale uno a alguno de los suplentes que no juegan que si se engripan no calienta, será de Dios. Dale Fabio, dale -

El pelado, que no le gustaba que le dijeran así,  se alejó al trote y se juntó con el arquero. Charlaron un par de palabras y se fueron juntos.

- Bien, bien – les tiró el joven Martín a los dos delanteros, el colorado Sava y el ogro Fabbiani, que hacían saltos de este lado y del otro de la parecita del arenero.

Se preguntaba, el joven Martín, cómo es que ese grupo de buenos jugadores no lograba llegar a un puntaje digno en el campeonato. Porque uno que los veía, los conocía, sabía que esos muchachos tenían pasta, ponían, se la jugaban, iban al frente.

Dicen que con las intenciones no basta y es cierto, y también es cierto, muchas veces, que con los hechos tampoco basta. En su cabeza, de pelos arremolinados, daban vuelta todavía las imágenes de los delanteros luchando pelota a pelota, chocando con la defensa contraria, agarrándose luego  la cara con desesperación por esas pelotas que se iban no a cinco centímetros del palo, sino a siete, diez, quince, cuarenta metros de los palos, rebotaban en el alambrado o en el para-avalanchas donde los enajenados de la Grajan Grin alentaban sin pedir nada a cambio.

Sonreía ante sus pensamientos, Martín, con esa sonrisa tan suya de alegría inmensa e inmensa comprensión por las cosas que los demás no perciben de la misma manera que lo hace él. No es que se conformara con competir o se resignara a pensar que su equipo no podía dar más, o que tuviera un exceso de esa Fe inocentona que enorgullece a los flojos. No, Martín tenía otra cosa que no será revelada en este momento ni en otro.

Su sonrisa contagia.

El Colo y el Ogro, al verlo sonreir, se sintieron inyectados de nueva fuerza y aceleraron los saltos. Los defensores se habían detenido y estaban dialogando. Scotti hacía señas con los brazos indicando cómo salir desde el fondo, luego señalaba en el pecho a otro, seguramente instruyéndolo acerca de los relevos. Más allá Pieters lanzaba una bocha que pegaba en el buzo y entraba. Torrico lo aplaudía.

El joven ayudante de campo mandó a los suplentes a trotar por el círculo interior de la plaza. No quería que tomaran frío. Soplaba algo de viento, es que la primavera…

Los pelos se le arremolinaron más.