Los Incas de la Polinesia

Abril 30, 2009

Gualter volvía a las once de la noche de su día laboral. Tenía dos trabajos, uno de nueve y pico, diez hasta las tres y otro de cuatro a nueve y media.  Hora y media de viaje, ida y vuelta.

Mientras salía de la plaza y encaraba la diagonal observó un Porsche Carrera negro parado en el semáforo.  Trató de distinguir quién estaba dentro. 

- ¿No es Don Nan…Don Bar…digo, ese?, no…¿o sí?… – el auto arrancó lentamente. – Qué culo tienen estos hijos de puta. Un par de meses en el club y se forran de guita. Y no sé, no sé eh , cómo este tránfuga tiene un Porsche nada más… porque… si el que menos gana y el que menos juega de los jugadores tiene uno igual a ese…Sés…-

Vivía con sus suegros, su mujer y sus tres hijos. El mayor ya era grande y estaba por mudarse solo, los otros, un varón y una mujer,  eran adolescentes. El plan de la casa propia había sido relegado siempre por alguna urgencia o carencia. Apenas se habían hecho retoques y ampliaciones como para poder acomodar mejor a la familia.  El natural paso de la muerte y el crecimiento les dejaría una inconclusa mansión que habitar. 

- ¿Qué habrá cocinado esta noche esta loca? …¿Cómo mierda no me animé a mandarla a la mierda por la Betty? …Sí, ya sé…los pibes…qué se yo…Es que hay días que la mataría. Sus boludeces de nunca alcanza y mirá mi hermano es médico, médico, médico el boludo ese , que se le deben morir más de los que salva…y…y así y todo se va al Caribe, a ver los Incas de la Polinesia el muy puto - 

La mujer de Gualter no era demente pero había tenido , según su madre, problemas de aprendizaje que le impidieron terminar la secundaria y le permitieron, a cuenta gotas, soportar algunos trabajos.  Cuando él la conoció la juventud la hacía atractiva. Quedó embarazada. 

- No es que no la quiera, es que…llegar a esta hora, ver la tele un poco, ya ni ganas de charlar de nada tengo y eso que me la pasé charlando pelotudeces todo el día. Sí, me encantaría llegar y disfrutar de su conversación pero si…la locura de los años…la locura innata…Y mis suegros levantados y preguntado si llamó  o no llamó el médico que tenía un congreso y los hijos del médico y el auto y la casa y el jardín y ese perro de mierda que tienen - 

Ellos también tenían un perro. No sumaba.  A lo lejos se escuchaban ladridos. De Seis quizás. Estaba cerca de la cancha.  

A Gualter le gustaba ir cómodo a laburar. Por eso iba casi siempre en jogging y sus préferidos eran los del FMC. Ahora tenía un pantalón azul finlandia intenso con una franja blanca cerca del tobillo y el escudo un poco más arriba del muslo. La camperita era azul también pero de otra época; en la noche no se notaban las diferencias de colores. Tenía el escudo atrás y era el viejo, cuando todavía no tenía el rostro de Graham. 

- ¿Quién era presidente en aquella época?…¡Puta, no me acuerdo! ¡Uh, el cinco que teníamos! ¡Por favor! ¿Cómo se llamaba ese muchacho? - 

Hablando solo llegó a su casa.


Séptima fecha: Despacito

Abril 29, 2009

Don Bardo marcaba con fuerza.

- Ahora…Yo tenía como veinte Yésicas…no cinco nada más… - 

Su duda evidenciaba el trabajo inconcluso de los jugadores.  A pesar de los esfuerzos cinco Yésicas permanecían, una ruleta rusa de redondos culos y pulposas tetas. 

La segunda de las Yésicas atendió y aceptó. La cita era en un lujoso hotel de Puerto Madero.  

Ambos fueron puntuales. Luego de un breve diálogo la rubia voluptuosa se acercó a Don Bardo.

- Y…decime qué te gusta hacer papi - 

Es una constante preocupación de los escritores la consecuencia de actos de sus personajes, la consecuencia en el estilo de la narración, la consecuencia sintáctica naturalmente, la consecuencia semántica.  La consecuencia es inercia y la rebeldía ante la inercia es la fehaciente prueba de la existencia. Ante estos pensamientos, Don Bardo, no tuvo más que responder: 

- Que me la chupes bien despacito -

La rubia aplicó la maestría con la que una bailarina baila en un concurso televisivo de múltiple exposición popular que le retribuye en fama y oro su pericia. 

Al otro día, domingo, Broun y Don Bardo se sentaban en uno de los bancos de madera del vestuario del Greene Park. Los jugadores volvían luego de un empate chivo.  

- Don Bardo, yo siento que al equipo…le faltan un par de jugadores que… - 

- Chist, inglé, ya te dije que no hay guita, no hay, no hay guita - 

- Sí, pero…uno escucha, los demás están poniendo, ademas pusimos veinte mangos para la timba…si…- 

- A ver, a ver, una cosa es la Gloria , otra la Tarasca, y acá tenemos que ir por las dos cosas…¿Vos te imaginás lo que sería si no hubieramos puesto los veinte mangos, ganar el campeonato y tener que soportar a los putos del Deportivo tomandose el whisky? . Nos cuelgan, la Grajan nos cuelga en el medio de la plaza de Devoto - 

- Ok, ojo que el equipo está bien, o sea…pero me parece que le falta algo como para dar el zarpazo final hacia la punta. No nos olvidemos que no queda tanto…- 

- Vos tranqui.  Estamos ahí. - 

- Bueno, pero qué digo en la conferencia ahora…el ‘paso a paso’ ya está usado -

 Don Bardo esbozó una plácida sonrisa. 

- Despacito -