El Ortiga se ponía las chancletas en el vestuario. Estaba algo mojado todavía pero ya estaba podrido de secarse. El clásico había terminado para él. Sintió el toc toc preconvenido en la pared. Se acercó.
- Ortiga, ¿Tás ahí? – Era Riquelme que lo llamaba desde el vestuario visitante. A él también lo habían rajado.
- Sí -
- Te llamo al cel -
- Dale -
Sonó el celular del Ortiga.
- ¿Qué hacés? -
- Vestite rápido, boludo , que ya deben estar por la picada y no quiero perderme los chori. Dale que yo no me bañé todavía -
- Metele papi. Así nos vamos juntos.
- Bueno. Dale. Te dejo con el speaker así me vas contando -
- Sí. Estuve pensando, Romi. Somos imperfectos. Porque..o sea…ni vos ni yo somos mala gente pero por qué hacernos echar…todo para ir temprano al asado que hacen en el gremio de números diez. Y así es con todo. Y no es que nos equivocamos, sino que lo hacemos adrede, elegimos, es lo que queremos, elegimos un mal a sabiendas. Podríamos decir que es un mal menor pero es un mal al fin. Y eso no nos hace malvados, no. Nos hace imperfectos. Tan sólo eso. Imperfectos. -
Del otro lado el Romi gritó para que el manos libres lo capte.
- Me dijeron que llevaban vacío de esa carnicería de Úrlingán -
- Supongo que es un balanceo entre lo que queremos y lo que debemos hacer. Dicen los budistas que el deseo es malo, que hay que alejarse de los placeres momentaneos. El sabor del asado cuánto nos puede durar -
- La otra vez era una manteca. Igual al final me mato con los chori y la picada, y al vacío le entre repoco. -
- Y cuando ya se nos vaya, querremos más. Pero si dejáramos de desear ese sabor, si dejáramos de necesitarlo seríamos libres. No sufriríamos por no tenerlo, no necesitaríamos hacernos echar para ir a comer un asado. -
- Además el tinto que compra el Rolfi – otro abonado a los asados de los dieces – es un delirio de condenados como diría Ceratti -
- Te imaginás…ya no necesitar comer…-
Del otro lado se escuchó que la ducha se cerraba y un chancleteo húmedo. Después un plaf. El Ortiga ya estaba casi seco y hurgaba con su mano derecha en el bolso.
Riquelme entró de un portazo al vestuario local , todo mojado, con una mano se agarraba la toalla, en la otra tenía la jabonera con el escudo del Deportivo Magno.
- Escuchame pedazo de pelotudo. ¿Querés asado o no querés? -
El Ortiga suspiró y mirándolo a los ojos con las cejas en alto dijo:
- Sí -
- Bueno. Listo. Cambiate que nos vamos a la mierda. Dale -
Y puteando por lo bajo volvió chancleteando hacia su vestuario.
