Don Nando despertó y liberó su brazo derecho que se encontraba bajo el cuerpo de una pulposa mulata. Desde el baño, otra pulposa, rubia, se terminaba de arreglar el pelo y la cara. Se volvió a dormir.
En el sueño, porque viste que tenés esos sueños donde estás despierto, seguía el hilo de un pensamiento que se presentaba borroso, incompleto y molesto: El clú sunquilombo…
Veía a los jugadores entrenar en el arenero de la plaza de Devoto, dar vueltas alrededor de conitos como enajenados y agotarse rápidamente; luego, los contemplaba absolutamente exhaustos al salir al estadio, al Greene Park, y no poder correr pelota alguna, perdían por goleada y la Grajan, la barra brava del club conducida por su líder, Osqui, lo iba a buscar a la confitería para comenzar una persecución fílmica. Don Nando se escondía en la casucha del portero del club, cuyo nombre no será develado en este momento, donde vivía junto a su fiel perro Seis, pero este le ladraba enfurecido y él tenía que seguir escapando. Finalmente se encontraba corriendo pero ya nadie lo perseguía, sentía el placer de los cuerpos pulposos de sus amantes y se entregaba. Una de ellas le vertía whisky en la boca, whisky que quemaba directo en la garganta y lo colmaba de éxtasis. Sin embargo la felicidad no era completa, algo molestaba. Se escuchaban golpes en la puerta y gritos difusos de los dirigentes reclamándole la compra o venta de tal o cual jugador.
Despertó.
- Lo feo que es la llegada del día cuando uno está de fiesta… – musitó al contemplar la soledad de la habitación del telo. Abrió la persiana.
Tomó una decisión. Lo bueno de estar despierto es la realidad, despojada de todo veneno, desvío, negación, y espiritual expectativa. La realidad es lo único que existe. Es lo que es.
Marcó: 156…
