Sexta Fecha: en crisis

Octubre 7, 2008

Aristóteles Bernaldo nunca había sido un gran técnico. Tampoco, una gran persona. Menos, un gran jugador. Pero había algo que siempre le había sobrado en la vida. Pero no sobrado como quien derrocha, o como quien se cree superior a los demás. No. Sobrado, en el sentido de siempre tener suficiente y siempre generar más:

Mística.

Ya había pasado el día: la carga de presión luego de una semana complicada, el retraso del comienzo por los despelotes en las afueras del estadio, los rumores de suspensión, el comienzo esperanzador que apenas duró diez minutos y la vuelta al equipo perdido de siempre,  los goles recibidos,  el arco contrario cada vez más lejos, el vestuario lapidario, las lágrimas del ayudante de campo, el rostro abatido de los jugadores. Aristóteles mintió una esperanza:

- Señores, esto es un grupo de hombres, y los hombres son aquellos que tienen la capacidad y la astucia para sobreponerse a todas las adversidades. Les pido, esfuerzo, voluntad y trabajo. Sientanse bien como el orto hoy y mañana. Pero el martes a primera hora los quiero listos para revertir esta situación. -

Luego, la salida complicada del estadio. Sabía que durante la semana se vendría el apriete de la Grajan Grin que en ese momento se encontraba ocupada peleandose entre sí y con la policía.El giro del micro los hizo pasar por donde el adversario festejaba. El canto punzante:  “De la mano del griego se van a la B, de la mano del griego se van a la B, para nunca, para nunca más volver”. Apenas importaba que sus abuelos fueran españoles y que su padre hubiera sido un gran admirador del filósofo griego. En el fútbol los apodos mandan. Bossio no es chiquito.

Cuando tomaron por la avenida para salir a Gral. Paz, se escuchaban detonaciones a lo lejos y un “Mirá, mirá, mirá, sacale una foto se van para Devoto con el…” El cántico se apagaba.  A Aristóteles Bernaldo, que miraba fijo el pasar de las luces, se le ocurrió más una canción de cuna que un insulto.  El joven ayudante de campo, a su lado, anotaba cosas en su cuaderno. Le sonó el celular y vió que era el presidente del club pero no quiso atenderlo. Siguió concentrado en las luces mientras en su cabeza veía el tiro libre a favor mal ejecutado y el contrataque rival. Pase bajo, arco solo…Ese primer gol había tirado todo el plan al diablo.

Pero eso ya había pasado, ya había pasado el día. Las salutaciones de rigor en el club. El sms del presidente: “Bernaldo, esperame en la sede que estoy llegando”. No esperó.

Ahora, en su casa, en chancletas, calzones y camiseta, cerraba la heladera y dejaba la leche y el paquetito del fiambre sobre la mesada. Los abandonó. Estampó la cabeza contra la puerta de la heladera y cerró fuerte los ojos, apreto el puño derecho.

- ¿Dónde estás…dónde estás? – murmuró como si fuera un poeta en busca de musa sintiendo un dolor que no estaba en ninguna parte de su cuerpo y en todas a la vez.

…la mística no es un libro de Cohelo, no viene gratis con la revista del domingo…