Ingresando por un sendero donde evitaron a los SuperDiscípulos , el Papu Gomez y el campesino araña subieron por el monte Getsemaní, allí en la SuperJerusalem de la SuperTierra.
El campesino lo agarró del brazo.
- Esperá. Mirá -
Entre las ramas de los arbustos pudieron ver a un alto hombre, de pelos largos y barba, con seis miembros como todos los habitantes de ese planeta. Utilizando los dos pares superiores juntaba las cuatro manos y rezaba.
- Es El – dijo el campesino
El Papu dudó acerca de lo correcto del acto que estaba por llevar adelante. Después de todo, por qué impedir una historia que se repetía en todos los planetas habitados por seres con alma. Además, SuperJesús debería saber el futuro que le esperaba y aceptaba su sacrificio.
- ¿Será…lo correcto? -
- Claro que sí, imaginate lo que puede hacer ese hombre viviendo el doble de lo que va a vivir. Llevaría a más gente su mensaje -
- Pero…se supone que un Dios determina lo que va a pasar en las próximas horas…¿quién soy yo para inminscuirme en esa voluntad? -
- ¿Cómo quien sos? . El guardián de tu sangre. ¿ Si supieras que alguien va a morir no tratarías de evitarlo? Ese mismo Dios te ha traído hasta aquí. Por algo es. Quizá sea esa tu misión. Evitar lo que va a ocurrir. Cambiar la historia -
- Sí…-
- Vamos Papu, lo tenías bien decidido antes de conocerme. De hecho viajaste hasta acá y dejaste que los pocos amigos que hiciste se volvieran, te olvidaste de recomponer tu nave…es tarde para arrepentirse -
El Papu asintió con la cabeza y avanzó lentamente haciendo ruido al romper las ramas secas en el suelo. SuperJesús parecía estar en una profunda pena y su rostro denotaba cansancio y aflicción. El Papu creyó escuchar un “Por qué a mi” o un “Por qué así”. Apuró sus pasos y se hizo notar. Dijo:
- No tiene que ser así -
SuperJesús lo miró y el Papu se sintió el ser más solo del universo. Esperaba una mirada fortísima e inquisidora, segura. Pero fue todo lo contrario. Aquel que lo miraba le pedía un escape, era un prisionero a punto de ser fusilado, un naufrago que se resbala del bote salvavidas, un niño asustado por la repentina oscuridad, un equilibrista resbalando.
¿Si aquel sobre el cual depositamos la Fe la ha perdido qué nos toca a nosotros?
El Papu recordó aquellas frías mañanas en la plaza de Devoto practicando tiros libres, el barro pesado bajo las suelas de los botines y la pelota viboreando, el dolor en las piernas cuando el partido se terminaba y había que empatarlo como sea, las patadas y los codazos que el árbitro no veía y que se hacían sentir con el paso de los minutos, la corrida a un pase en profundidad a los noventa, el grito de la Grajan. Sacó su Fé.
- Vení. Escuchame. Yo sé que vos sabés – se atolondraba con las palabras – Yo sé que vos sabés lo que va a pasar pero no tiene que ser así. Podemos evitar que te estrellen. Imaginate lo que sería que vivieras muchas años más. Sería grandioso. Yo vengo de lejos, no sé por qué estoy acá. Me perdí y acá estoy y debe ser por algo. No es que sea importante o algo de eso. No soy nadie pero podemos evitar lo que va a pasar. Podemos salvarte. -
SuperJesús lo interrumpió con un grito amedrentador. Detrás de sí, el Papu, creyó escuchar una sonrisa.
- ¡Satanás! – gritó SuperJesús. - ¡Satanás! – repitió
- No…yo…-
- ¡Vete de aquí, Satanás! -
- No, ese es Paez, el que jugó en el rojo -
- ¡Sí, diablos, vete demonio! -
El Papú rajó con todas las ganas cayéndose varias veces al piso y raspándose con los arbustos. Durante un tiempo corto escuchó delante de su carrera la corrida y una leve sonrisa del campesino que lo llevara hasta allí. Cuando al fin pudo salir del monte se sentó al borde del camino totalmente agitado. Estaba solo de nuevo. “¿Qué hice, qué hice?” se repetía.
Acongojado, permaneció con la cabeza entre las manos. Tan absorto estaba que no vió a la patrulla romana que subía el monte.
Escrito por Thomas Fowler
a Aintain.
Escrito por Thomas Fowler 