El doctor Plarr se acomodaba delante del tobillo inflamado de Fritzler.
- Sueco, la cosa no va, asi…no podés jugar -
- Infiltre, doctor, infiltre -
Desde la pared del vestuario la Virgen observaba paciente. Desde el otro sector del vestuario se escuchaba “Aladelta” que había puesto Angeleri.
- No, así no jugás. No se hable más -
El tobillo era una pelota morada. El capitán no quería resignar su lugar en el equipo. Su armario abierto, pegado en la puertita el poster de Pelletieri lo observaba, le encomendaba un mandato que el sueco comprendía perfectamente. En su cabeza sabía que la cinta de capitán no era de él, que la estaba guardando, sabía que era un fiel custodio del brazalete que le pertenecía al pulpo, emigrado por cuestiones monetarias, el dow jones, el merval y la codicia de los dirigentes. Todavía se acordaba de sus palabras : “Tenela nene, tenela como si fuera un tesoro, que tarde o temprano voy a volver”
La canción sonaba. “Una chica en el cielo vive en mi océano salvaje, una radio que se cae mientras duermen pájaros acá”.
- Doctor…por favor…infiltre -
- Sueco…Diego hay uno solo…-
El doctor, con algo de inglés y algo de criollo, supo entenderlo y consolarlo. La cinta sería de Sava esta fecha. El equipo saldría disminuído a enfrentar la adversidad. Pero así son las cosas. Si la realidad fuera justa Codesal nunca habría cobrado ese puto penal.
Fritzler se mordió el labio. El capitán se tragó el orgullo esperando revancha.
Escrito por Thomas Fowler 