El mayo francés había influenciado a Lucía Montefiore, acuadalada y hermosa joven italiana. A los dieciseis había empezado su carrera de modelo en una época donde las modelos empezaban más grandes que ahora.
A los dieciocho empujada por esos jóvenes que quemaban autos en París había abandonado su carrera y a su poderosa familia para irse tras una revolución que nunca tomó forma, o si lo hizo, lo hizo lejos de donde ella estaba.
En París conoció a un escritor . Ambos se fueron a Bruselas junto a varios estudiantes más a inventar el nuevo órden mundial, más justo, más duradero. No duraron mucho. Los meetings partidarios terminaron diluyéndose y el hecho más importante fue una bomba de papel puesta frente a la sede de la ONU que explotó una mañana de mucho frío. Uno de ellos terminó siendo delegado y se corrompió con el tiempo. Los demás sentaron cabeza. El escritor fué famoso. Ella conoció a un jugador de fútbol uruguayo en un bar. Se comprometieron. El destino los llevó a Inglaterra.
- Me gustaba más en Bruselas – dijo Lucía.
- Bueno, por ahora estamos acá. Si Dios quiere el Dover me va a hacer un contrato por dos años. Después veremos. -
- Sí. Qué se yo. Yo no decía de la ciudad. Decía de nosotros -
- ¿Qué nosotros? -
- Nosotros, Alvaro. Eramos distintos allá. Teníamos nuestras rutinas. Las salidas al barcito de Palomar. Ese tren que tomábamos después que salías del entramiento era encantador. -
- Acá habrá otros -
Alvaro acomodaba el bolso para ir al entrenamiento del Dover Central Station. Puso las medias. Ella se ponía el delantal para lavar los platos de la cena de ayer.
- Sí – Abrió el agua fría – Será cuestión de ver. – Abrió la caliente – Te acordás qué graciosos esos pibes de la plaza. Los que hacían malabares. Me mataba de risa al verlos. – Se dió vuelta y lo miró con amor – Y que vos estuvieras ahí abrazándome por el frío -
- Estaba bueno – Alvaro puso las remeras en el bolso. Se quedó pensando en que la toalla que le habían dado no secaba nada. Era de mala calidad. Quizá fuera una mala partida porque no podía ser que un club más o menos importante tuviera esas toallas medio pelo. Le tenía que decir al utilero.
- Y poder caminar de vuelta de la estación hasta casa. Aca…no me atrevo. Es tan oscuro todo. – Puso los dos platos más grandes en la pileta de la cocina. Buscó los guantes de goma naranjas, y la esponjita.
- Sí -
El silencio no se quebró hasta que Alvaro se fue. Después ella puso la radio y escuchó las noticias. Pero Alvaro no supo esa parte, no la tenía en su memoria.
Ahora, Alvaro despertaba de un largo sueño. Por su radio escuchaba el comienzo del partido del FMC, el equipo que no estaba dirigiendo.
- Penal para el Fowler, la falta se la hacen a Jadson…no sé qué vió el árbitro, desde acá nada se pudo apreciar… -
Se volvió a dormir.
Escrito por Thomas Fowler
Escrito por Thomas Fowler 