El Ortiga acepta su imperfección y abandona las ideas budistas en pos del sabor de la grasa vacuna

agosto 11, 2009

El Ortiga se ponía las chancletas en el vestuario. Estaba algo mojado todavía pero ya estaba podrido de secarse. El clásico había terminado para él. Sintió el toc toc preconvenido en la  pared. Se acercó.

- Ortiga, ¿Tás ahí? – Era Riquelme que lo llamaba desde el vestuario visitante. A él también lo habían rajado.

- Sí -

- Te llamo al cel -

- Dale -

Sonó el celular del Ortiga.

- ¿Qué hacés? -

- Vestite rápido, boludo , que ya deben estar por la picada y no quiero perderme los chori. Dale que yo no me bañé todavía -

- Metele papi. Así nos vamos juntos.

- Bueno. Dale. Te dejo con el speaker así me vas contando -

- Sí. Estuve pensando, Romi.  Somos imperfectos. Porque..o sea…ni vos ni yo somos mala gente pero por qué hacernos echar…todo para ir temprano al asado que hacen en el gremio de números diez.  Y así es con todo. Y no es que nos equivocamos, sino que lo hacemos adrede, elegimos, es lo que queremos, elegimos un mal a sabiendas. Podríamos decir que es un mal menor pero es un mal al fin. Y eso no nos hace malvados, no. Nos hace imperfectos. Tan sólo eso. Imperfectos. -

Del otro lado el Romi gritó para que el manos libres lo capte.

- Me dijeron que llevaban vacío de esa carnicería de Úrlingán -

- Supongo que es un balanceo entre lo que queremos y lo que debemos hacer. Dicen los budistas que el deseo es malo, que hay que alejarse de los placeres momentaneos. El sabor del asado cuánto nos puede durar -

- La otra vez era una manteca. Igual al final me mato con los chori y la picada,  y al vacío le entre repoco. -

- Y cuando ya se nos vaya, querremos más. Pero si dejáramos de desear ese sabor, si dejáramos de necesitarlo seríamos libres. No sufriríamos por no tenerlo, no necesitaríamos hacernos echar para ir a comer un asado. -

- Además el tinto que compra el Rolfi – otro abonado a los asados de los dieces – es un delirio de condenados como diría Ceratti -

- Te imaginás…ya no necesitar comer…-

Del otro lado se escuchó que la ducha se cerraba y un chancleteo húmedo. Después un plaf. El Ortiga ya estaba casi seco y hurgaba con su mano derecha en el bolso.

Riquelme entró de un portazo al vestuario local , todo mojado, con una mano se agarraba la toalla, en la otra tenía la jabonera con el escudo del Deportivo Magno.

- Escuchame pedazo de pelotudo. ¿Querés asado o no querés? -

El Ortiga suspiró y mirándolo a los ojos con las cejas en alto dijo:

- Sí -

- Bueno. Listo. Cambiate que nos vamos a la mierda.  Dale -

Y puteando por lo bajo volvió chancleteando hacia su vestuario.


Patada de atrás

diciembre 4, 2008

En el Dover Central Station, Aristóteles Bernaldo no sólo aprendió inglés sino también se empapó de todo el ambiente cultural  londinense. A dos horas de camino de la capital, aprovechaba el auto que el humilde club de la segunda división le habia provisto para hacerse escapadas durante los días libres. Le gustaba manejar por la A20 mientras escuchaba música, clásica más que nada.

Al principio jugó de ocho, tal como lo venía haciendo en Santa Fe, pero luego el D.T. , un francés de nombre Vigot, lo puso de cinco. Posición que no le gustaba y que le costaba mucho mantener ya que tenía que competir con un histórico del club, Henry Pulling.

El clásico de la ciudad era el Dover Central Station , el furgón, contra el Dover Athletic Football Club, el atlético.Fué justamente en un clásico cuando Bernaldo sufrió la lesión que dijimos más tarde explicaríamos y aquí estamos explicando. Llovía.

Pulling había salido en el equipo titular a pesar de que durante la semana apenas hubiera entrenado producto de alguna molestia; a diferencia de Bernaldo, quien la había descosido en los entrenamientos. Es tarea de los D.T balancear historia y presente, juventud y experiencia. Quizá fuera por eso que Vigot prefirió al histórico del club para enfrentar al Atletico, que venía con una racha excelente y puntero del campeonato mientras que su clásico rival peligraba en las últimas posiciones.

El primer tiempo se desarrolló con mucho nervio y patada fuerte y pocas llegadas a los arcos. El barro complicaba las cosas. Pero en el segundo tiempo el partido se abrió. El Central Station se puso en ventaja luego de un corner y el Atlético empató minutos después de tiro libre.  El furgón, que era local, se fué con todo al ataque logrando el dos a uno a los setenta minutos. Luego del gol, exhausto, Pulling dejó su lugar a Aristóteles Bernaldo.

Bernaldo fué el patrón del equipo: relevó, salió jugando, metió pases gol, quitó. Como todo suplente mostró lo mejor de sí en un partido chivo, y encima clásico, llevándose en reiteradas ocasiones el aplauso y ovación de la gente. Fue sabio, se ganó la titularidad ante los ojos cansados de un Pulling que exhalaba sudor en el banco. Fue sabio.

Saber cuando meter la pierna y cuando dejar pasar, cuando trabar, con qué pierna ir. La sabiduría es el control de la inercia, y la inercia la nostalgia creciente y la fuerza menguante de un momento muy lejos en el pasado. La pregunta es ¿cuándo nos detendremos?.

Quizá fue eso, los pensamientos en la inercia y el detenerse, lo que le pasó por la cabeza a Bernaldo a los noventa más descuento cuando el nueve del Atlético, pícaro, mañoso, un escocés de nombre O’Connor se le escapó al central y se fué sólo hacia el arco y eludió al arquero abriéndose cual Cani. Bernaldo hacía el relevo.

Llegando de atrás en una cancha mojada y cansado por el amplio despliegue demostrado se arrojó al cesped resbalando. La pierna derecha dibuja un guadañazo digno de ser enseñado en los colegios y la pierna roja del escocés es arrancada del piso y vuela por los aires. Bernaldo queda en el piso. El penal es tirado afuera y el Dover Central Station gana un clásico memorable. A O´Connor le ponen un poco de spray y sale caminando. Bernaldo ha quedado en el piso, inmovil. El doctor y su ayudante a los costados lo asisten. La hinchada festeja, los locales se abrazan, la visita pena.

Y el tiempo, ahora más libre que nunca, lo hizo instalarse en Londres durante su convalescencia.  Allí, conoció a un escritor local con quien iba a tomar el té por las tardes y a charlar de libros, fútbol, minas y demases. El escritor terminaría viviendo de otra cosa, no de sus libros, pero esa es una historia que contaremos más adelante.

Paseó por la campiña londinese. Vivió un tiempo en un pueblo pequeño, pensó mucho. Cuando la herida estuvo curada supo que su parte de la inercia era una renguera de por vida y el banco de suplentes. Aristóteles Bernaldo, D.T.


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